miércoles, 30 de octubre de 2013

Terapia

Desmembrar. Masticar. Saborear la victoria y casi, como si importaran, oír los gritos desesperados de tus pequeños bocados, los balbuceos, las súplicas, el ligero sabor de la orina y el picor de la lucha y de la esperanza muerta en tu lengua. Muerta, literalmente muerta.
Diez mujeres, tres niños, doce hombres. Todos, todos se lo merecían. Si hubieras sabido sus nombre, habría sido mejor, pero no hay tiempo para formalidades de ese tipo.
Hola, ¿cómo estás?, ¿cómo te llamas?.
Muy bien, me llamo José Luis.
Oh, un gusto José Luis, ahora te comeré.
La venganza contra la vida y un mal día, el olor dulzón de la sangre y el azúcar pegándose entre tus muelas, las miradas furtivas para prodecer a quitar a las futuras caries de sus trincheras, con el dedo índice.
Empiezas con el proceso otra vez: desmembrar-masticar-saborear. Te avergüenzas cuando una persona te observa fijamente desde el otro lado de la habitación, si supiera lo que estás imaginando; tal vez lo sabe.
¿Y si lo sabe?
Miras incómodo el malvavisco rosa entre tus manos. Ahora te imaginas la cara del inoportuno esculpida en el dulce y te lo echas a la boca. Tragas con malicia.


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Pensado con mucha ternura mientras dibujaba personas de palito en un masticable antes de comérmelo, dedicado a Paula-chan, con la que hablábamos de otps mientras desempeñaba mi macabra acción.

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