sábado, 10 de agosto de 2013

La gran función.



¡Damas y caballeros, niños y niñas de todas las edades!

Así comienza la función del circo Home,  como la mayoría de los que rondaban en esa ciudad, que eran bastantes. Sin embargo, Home tenía una clientela fiel y abrumadora que siempre lo mantenía lleno y con niños sin asiento, llorando en la entrada. Esto debido a las atracciones del lugar, que no contaban con animales sino de puro talento humano: contorsionistas, trapecistas, payasos, gimnastas, bailarines...y la lista seguía y seguía. No había persona que saliera del recinto sin maravillarse, sin hacerse adicto a las luces y a la gente dentro de ese lugar, volvián una y otra vez, incluso los integrantes de la competencia; habían sido tan famosos y bien recibidos en esa ciudad que ya han cumplido ocho años establecidos en ese lugar, sede turística que ayudaba a propagar sus artes a todas partes de la isla.

A pesar de que varios lo hacían, J y J fueron sorprendidos tratando de colarse al circo sin pagar cuando este recién se había instalado, de pura curiosidad; y a pesar de sentirse avergonzados en un principio, luego de una charla con los directores, se consideraron con mucha suerte. J y J solían tener un nombre, un nombre que nunca importó porque se lo habían dado en el orfanato, donde dormían en el suelo mojado y comían una vez al día engrudo de diario con salsa. El dueño les ofreció trabajar durante el día por su falta y bueno, no les sonó mal pasar el día ahí a en el horrible edificio que no podían llamar hogar, por el contrario, tomaron la ocación como la oportunidad de sus vidas.
Les asignaron el deber de ayudar a los artistas a salir al escenario, de darles una mano con el maquillaje, el vestuario y los implementos que quisieran llevar a escena; se murieron de eforia cada vez que una bailarina se agachaba a darles un beso en las mejillas o cada que un fortachón les revolvía el pelo con un cumplido en la boca. Desearon que ese día nunca acabara, y sin embargo, cuando este llegaba a su fin, no veían ninguna salida ni hada madrina para hacerlo durar para siempre...hasta que la trapecista y acto principal, el último de todos, les gritó a través de la puerta (cortina) del iprovisado camarín que no podía parar de vomitar. El presentador hizo el anuncio y ellos, J y J, decidieron salir frente a la mirada de la gente con apenas once años, sin saber nada del circo y mucho menos, del trapecio. Los aplausos de euforia y los gritos de asombro dejaron paralizado al hombre en el escenario, que observó incrédulo cómo ambos comenzaban a subir las infinitas escaleras hasta el techo de la carpa multicolor de dónde pendían tres trapeciós y ninguna malla bajo ellos, esa era pues uno de los atractivos del show de Melody, la trapacista con más edad del mundo.
Y una vez en la sima, tomaron los trapecios más próximos, cada uno en una esquina del cielo local y entonces, se lanzaron.

Así nacieron las estrellas más jóvenes de Home, inexplicablemente talentosas y aclamadas por todos, se ganaron su propio número luego de una semana de prueba y nunca más volvieron al orfanato. Eran tratados como dioses. El dueño en persona fue a la casa de acogida para adoptarlos, ganándose su custodia luego de pagar una cuantiosa cantidad de dinero, redujo sus nombres a J. y J. y tapizó la ciudad anunciándolos como el número principal en cada función. A cambio de todo esto, los pequeños solo tuvieron que firmar un contrato que no se molestaron en leer, pues las manos les temblaban.

Fueron muchos los días dorados antes que se dieran cuenta del infierno al que habían llegado a parar. Lo notaron cuando comenzaron a darles comida según las entradas que se vendieran a su nombre, cuando los azotó la competencia sucia que había entre los artistas para quitarles el puesto; los misteriosos empujones por las escaleras, las chinches en los zapatos, las pérdidas de vestuario, las extrañas notas  anónimas en el remolque del dueño y director, además de los exhaustivos ensayos, las múltiples heridas, las restricciones. Se vieron convertidos en esclavos: no les permitieron ir más a la escuela ni salir a jugar con sus antiguos amigos. Avisaron a la policía de su situación y el presentador les mostró el contrato que los ataba y los papeles del orfanato, recibieron veinte azotes mientras se sostenían de los trapecios por la gracia; trataron de escapar cinco veces y por cada una de esas veces se quedaron varios días sin comer; nunca les dejaron tomar un día libre, se presentaban dos veces al día.

No podían dejar de ser los mejores para sobrevivir, pero mientras lo fueran seguirían atrapados en Home.

Pero esa noche las luces alumbraban menos, y J., ahora de diecisiete  años, estaba más callado que de costumbre; él que siempre lo había animado con unas cuantas palabras estúpidas para sacarle una sonrisa antes de acercarse al escenario. J. entendía por qué: la última carta que le habían enviado al dueño, en ella los trataban de asquerosos homosexuales, de profanos, de malditos pervertidos. Había sido hallada en la mañana y por ahora, solo les habían dado la promesa de una larga charla luego de la última función de hoy.

—Todo estará bien.

El intento de animarlo y su sonrisa no hicieron efecto, pero el beso repentido que obtuvo a cambio le hizo pensar que sí mientras se agarraba con fuerza de sus hombros.
Cuando los anunciaron, se dirigió a su posición de siempre animoso y tratando de ser optimista respecto a la plática que les esperaba después; una vez arriba, esperó la luz final que indicara el inicio de la coreografía.
Ambos se lanzaron a los trapecios y entonces, cuando él acomodó sus pantorrillas en la barra metálica y estiró sus manos para recibirlo, J. dejó que pasara el momento preciso para que él lo recibiera en sus brazos, dejándose caer desde esa vertiginosa altura hasta el suelo de tierra alfombrada, dejándole a los espectadores un número de horror, sangre y pánico mientras J. miraba desde arriba, dejándose balancear en su trapacio, con los ojos bien abiertos.

Un día para calmar a las autoridades y prometer partir cuanto antes de la ciudad, dos para levantar el circo, otro para hacerle un funeral a James.

—Bueno, J., James fue muy listo. Mira que venir a matarse para dejar el contrato inválido, después de todo, ustedes venían de a par—Dijo el presentador fumándose un cigarro y mirando el terreno ahora vacío—Aunque de todas maneras era su último show, no quiero homosexuales en mi carpa—Sentenció, apagando la colilla en el auto en que se apoyaba.

Después de unos segundos de temblores y de gritos atrapados, de puños apretados y ojos desorbitados, concluyó con calma:—Se equivoca señor, James fue muy egoísta, tratando de conseguir la libertad solo para él.

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la imagen le pertenece a Everett Shinn.
Oh, la entrada número cien, ¿no me quieren felicitar?
No son obras maestras, pero tienen mucho esfuerzo y amor.

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