miércoles, 7 de agosto de 2013

Belleza.



Las tinieblas se juntaban en sus ojos, tinieblas mojadas y temblorosas que dejaban un rastro a medida que se deslizaban por sus mejillas. Un dolor agudo en el estómago la obligó a parpadear y a acostumbrarse a la oscuridad mientras su voz se agitaba con miedo; sin pensarlo comenzó a suplicar y  a rogar sin entender por qué, solo con el afán de escapar de un lengua filosa que se agitaba con violencia sobre su piel, una lengua de cuero grueso que dejaba su carne al rojo al dente. En el fondo, un grupo indefinido de personas se deleitaban con el espectáculo mientras una figura femenina dejaba caer sin piedad un látigo contra sus hombros desnudos, nadie hacía caso a sus balbuceos y solo la azotaban con más fuerza mientras sus pies y manos estaban sujetos a una silla acondicionada para eso. Trató de pedir explicaciones y de paso, descubrió que la fuente de sus incoherencias era un calcetín en su boca. Risas, más risas, sudor y sangre corriendo por su piel, mordidas furiosas contra la tela que le impedía hablar, tragar y respirar con normalidad, llanto silencioso, y más risas. Descubrió que su captora, o la representante de sus captores era en realidad, una jovencita hermosa: de cabello claro y rojos labios carnosos.

—Lo hacemos por tu bien, te quitaremos todo eso de la cara y de la piel—Dijo suavemente, quitándome el calcetín de la boca.

—¿Por...qué?—Preguntó la otra, con temor, sin aliento.

La rubia se le quedó mirando un rato y estiró la mano hacia una pared que se camuflaba en la oscuridad, le acercó un espejo.
Vio reflejado un rostro deforme hasta lo incoherente y lo grotesco. Era horrible, sí,  pero eso ya lo sabía: se había cubierto el rostro desde que salió del útero de su madre, que al igual que todos en ese lugar, era sumamente hermosa, hasta lo incoherente y lo grotesco; tan suave que los dedos se le hundían en su piel, exageradamente rosada y de cabello tan negro, tan negro, que parecía derretir las cosas que hacían contacto con él.

—Yo...no tengo la culpa—Trató de seguir hablando, aprovechando la pausa que su verdugo estaba haciendo para retocarse el maquillaje.

—Claro que sí, lo que pasa, es que estás podrida por dentro.—Sentenció con una sonrisa—Anda, cambia la cara, solo tenemos que darte vuelta la piel.


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la imagen es "Jacqueline" de Pablo Picasso.

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