domingo, 14 de abril de 2013

Dulcinea

Esa niña estaba vuelta loca por mí. O eso creía.
Venía todos los días bien temprano mientras yo y mi hermana nos tomábamos la leche a tirones de patillas y pasaban el boletín tragicómico en las noticias de las siete, siempre con un delantal cuadrillé, un tomate bien chato en  la cabeza y maquillaje barato que mi mamá le obligaba a quitarse antes de irse a trabajar y decirnos con voz suave que nos veríamos más tarde.

Entonces ella miraba por la ventana, sonreía al comprobar que mi mamá se había ido definitivamente y se soltaba el cabello, se volvía a maquillar y se quitaba el delantal para quedar vestida con poleras y pantalones sueltos; llenos de parches y colores que me llenaron las tardes de pasatiempos; tratando de adivinar cuántas veces se repetía el azul o cuál era el color que más predominaba en el patrón. Nos preguntaba si queríamos seguir tomando leche y antes que contestáramos-la respuesta siempre era no- nos quitaba los tazones de las manos, sacaba de su bolso alguna golosina y nos entreteníamos con ella hasta que el furgón escolar pasaba por nosotros.

¿Cómo no iba a amarme si era tan dulce conmigo? En la tarde al llegar, mi hermana estaba tomando la siesta y ella procuraba ser atenta conmigo, me dejaba hacerle preguntas que yo sabía molestas y redundantes, me dejaba ver cómo se cambiaba de ropa antes que llegara su amigo de chaqueta de mezclilla y jugábamos los tres un juego que consistía en que yo me quedaba mirando mientras ellos trataban de jugar al quemado con las bocas, entonces cuando él se iba me miraba llena de cariño y preguntaba:

¿Sigues ahí mocoso?

Luego me mostraba sus dotes atléticos corriendo a la cocina y haciendo bailar los mecheros y las ollas, y aunque no me veía a los ojos, yo sabía que ese tarareo de felicidad se debía a mí, porque ella  vivía para mí.

O eso creía.

El día en que mamá llegó más temprano sin avisar, fue también el día en que mi mundo se acabó. Al abrir la puerta, nos vio en pleno juego de quemadas, yo como fiel espectador, ella y su amigo con las bocas bien pegadas-el niño iba ganando y ya estaba sobre ella-me sentí algo culpable y vulgar cuando al invitarla a ver conmigo mamá comenzó a gritar, mi amada estaba tan concentrada en su juego que solo entonces se dio cuenta que "su jefa" había llegado. El amigo se fue sin darme el habitual coscorrón, y mi dama se deshizo en escusas-al parecer lo que hacía estaba mal-pero el tono de su voz fue subiendo y

—¡Pues renuncio, ni si quiera me pagan lo suficiente por estar encerrada aquí todo el día!—Tomó su bolso morado y se fue, sin decir adiós, sin siquiera mirarme. Pensé que volvería al día siguiente, no era la primera vez que discutían de esa manera.

Pero ella nunca volvió.

Cuando le pregunté a mamá, me contestó que no regresaría más porque ya no le daba dinero para que nos viniera a cuidar a mí y a mi hermana.

Saber que venía a verme solo por dinero me rompió el corazón.

Fue mi primera prostituta.

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