Ayuda.
No saben por lo que estoy pasando en este momento.
Hacen más de 25°C, se arremolinan y amplifican en el bus sin ventilación, el aire es lo suficientemente pesado como para masticarlo, y no tiene buen sabor, tiene un pésimo sabor.
Aun así, sube una señora al bus, a pesar del calor y el mal sabor, seguramente vende alguna cosa, me es indiferente y la ignoro por esto mismo, todos lo hacemos, pero ella no está para aguantarnos, no, nos saca de un zarpazo de nuestras cavilaciones con un grito, ¡ayuda!, grita con fuerza, desgarrándose la garganta, tiene los ojos brillosos, ¿se le va escapar una lágrima?, ¿qué le sucede?, no se retuerce sobre su estómago ni nada por el estilo, no parece estar enferma aunque habla con dificultad, solo lanza ese grito, un grito que nunca he escuchado, viene de alguna parte de su interior de la que creo carecer, debo carecer de ella, de lo contrario, ¿por qué no comprendo?, saca un abanico de cintillos, una billetera y vuelve a gritar, esta vez más calmada, aquí tengo conmigo mi carnet que tengo una discapacidad mental por la que no me quieren dar trabajo pero yo no le falto el respeto a nadie ni ando pidiendo solo vendo estos cintillos con cuatro pinches a mil y estas pulseras a quinientos no es mi intención molestar pero yo vivo de ustedes por favor gracias pero escucharme por favor le ruego que compren, por favor, por favor…
no me abandonen, no me abandonen ustedes también- Y el mundo se detiene.
y esa última frase, ese ruego universal, se queda en mi cerebro como una estaca inmensa, punzante, no, no la abandonen por favor, parece que va a llorar, pero no llora, pero yo creo que está llorando solo que nosotros no podemos entender esa clase de llanto, tal vez lo hace en su casa con mayor comodidad, cuando nadie la ve, ¿vive con alguien si quiera?, muchas gracias que el señor los bendiga que tenga tu un buen día, y comienza a recorrer la fila de asientos con una humildad repelente, con ese brillo devastador en los ojos, me aplasta, me atrae, me va a matar, el hombre de al lado busca frenéticamente su billetera y saca mil pesos, se los da con ceremonia y ella le entrega el cintillo y los cuatro pinches en medio de inclinaciones, yo, presa de la misma desesperación, de mi propia desesperación y pena, saco la mía, busco y busco, escarbo, le sonrío nerviosa, se me cae la billetera, la recojo, vuelvo a escarbar, nada, me tomé una coca-cola antes de subir al bus.
Ayuda.
No saben por lo que paso en este momento, quiero llorar.
Hacen más de 25°C y se arremolinan en el bus sin ventilación, el aire es lo suficientemente pesado para masticarlo, y no tiene buen sabor, tiene un pésimo sabor.
Ayuda.
Yo tampoco quiero ser abandonada.
La mujer se tambalea con violencia, el bus a comenzado a andar, me dice que no importa, que está bien, ¿pero estoy yo bien?, siento mi rostro crispado y ella no parece entender por qué, alguien pide que detengan el bus, que ella tiene que bajar, ella me bendice, tiene el dedo pulgar chueco.
Se baja del transporte y yo la veo desde la ventana, perdiéndose, entre un tumulto de gente desconocida, igual de abandonada, igual de triste, igual de confundida en un mundo que nos hemos propuesto abortar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario