jueves, 14 de febrero de 2013

Hilo rojo del destino


No sé como comenzar sin asustarte ni exponer mi locura natural, nada relevante con lo que te debo explicar, bueno sí, tal vez tengan un poco que ver. Espero que me creas.

Tengo el trabajo más complicado de todos.

Bueno, no es un “trabajo”, no gano dinero haciéndolo… ni si quiera figura en la lista de profesiones que una persona puede llegar realizar bajo su sano y libre albedrío.

Lo comencé a realizar un día cualquiera, casi sin darme cuenta, me di yo misma este cargo en mi empresa personal para tratar de hacer de este mundo un lugar mejor, infantil anhelo del que aún me mantengo viva. 
Pero es un trabajo ingrato y complicado, la gente me ha calificado como lunática tantas veces que siempre aparece la tentación de jubilarme del negocio, porque tengo miedo de terminarles creyendo.

Pero como ves, acá estoy.

Todo comenzó  hace unos cuantos años atrás. Caminando por el centro de la ciudad encontré lo que a simple vista y con breves palabras podría describir como algo ordinario: un pedazo de lana color rojo.
Hubiera seguido caminando como si nada de no ser por un pequeño detalle: podía ver perfectamente dos nombres escritos en él, no de manera literal, pero por la forma y el tono del rojo, así como por la textura y el tamaño, era claro, por muy extraño que suene, que ese pedazo de hilo pertenecía a dos personas que iban caminando incómodamente, una al lado de la otra, unos pasos más adelante.

Tomé la lana y movida por un presentimiento que me dictaba que eso era un objeto importante, corrí hacia ellos y se lo entregué frente a la incredulidad de ambos, a la niña. A pesar de mi insistencia, ella dijo que no podía ver nada, se asustó en cuanto comencé a desesperarme con su ceguera y el chico se puso delante de ella de forma sobreprotectora y se la llevó de mi presencia, pude ver a lo lejos como el hilo rojo se volvía a acomodar entre sus dedos meñiques, uniéndolos a ambos, como si se tratara de un ser vivo reparando su hogar, y finalmente, desapareció de mi vista.

Averiguando en internet llegué a una, en un principio, estúpida y ridícula leyenda oriental. Decía que dos personas destinadas a estar juntas eran atadas por el meñique mediante un hilo rojo. No importaba que tan lejos estuvieran el uno del otro, ni si quiera si se conocían en esta vida, sus almas estaban unidas por ese poderoso lazo.

Tonterías.

Comprenderás los motivos que tenía para tratar de fumigar este pensamiento de mi imaginativa mente, y que continuara con mi vida de manera normal. Pero ya no fue posible.
Iba agachada mirando por las calles, en caso que me volviera a encontrar el dichoso pedazo de hilo rojo, o si podía verlo cuando había parejas a mí alrededor, pero nada de eso sucedió.
Pareció solo un sueño, una fugaz aventura que de saber de qué trataba y que iba a durar tan poco, la hubiera disfrutado más.

Tengo vocación de detective.

Llegué a la conclusión de que solo había delirado, el calor del verano, mi imaginación, un producto del aburrimiento, un deseo recóndito de acabar con la monotonía de la vida diaria en la pequeña ciudad. Pero todas esas teorías se disolvieron cuando lo volví a ver unos meses más tarde, era el mismo y a la vez, uno distinto, más delgado, parecía más una cinta que un trozo de lana, como el de la primera vez, tenía ese brillo y ese tono particular, rojo, pero no rojo realmente, más rojo que el  acostumbrado. Se retorcía en una mesa frente a la pastelería, recuerdo haberlo tomado y preguntarle a la gente si veía lo que sostenía entre mis dedos. Todos lo negaron con una mueca de lástima en la cara.

Antes de pensar que algo maravilloso se me había sido asignado, me creí loca, le pedí a mi madre entre lágrimas que me llevara al psiquiatra, que mi mente estaba mal, que veía cosas que nadie más podía. Ella se rio, sabiéndome adicta a las novelas, series y películas dramáticas, pensó que se trataba de otra de mis habituales actuaciones, ignoró la seriedad de mis gimoteos y mi mueca de desesperación. Por su puesto que lo hizo ¿Qué madre querría aceptar que su hija se volvió loca? Además, siempre me consideró como tal, se había acostumbrado a mis extravagancias.

Por mí misma traté de darme terapia, evité las relatos de Bárbara Wood y  las telenovelas extranjeras de la tarde, los libros de poemas que se resguardaban en mi habitación fueron dados de baja, exiliados al sótano sin que nadie llorara una lágrima por su partida, yo misma dejé de escribir las canciones cursis que me gusta fingir que tocaría algún día con la guitarra y el piano que aún no aprendía a utilizar.

Pero la pastelería estaba a mi paso hacia el paradero de la locomoción y el  hilo rojo seguía ahí, día tras día, ahora inmóvil, cada semana más inmóvil y transparente, emanaba un aire de tristeza que no podía comprender.

Me rendí a los dos o tres meses. Me acerqué a esa extraña cosa, con un sentimiento de culpabilidad y miedo, tenía escrito dos nombres a los extremos, pero a diferencia de la primera vez, efectivamente estaban trazados los nombres, con letra grande, era un llamado desesperado.

¿Qué podía hacer yo?

Con la maravilla de la tecnología encontré a las personas, iban al mismo colegio en las afueras de mi ciudad. Me salté un día las clases y fui a su encuentro con el hilo rojo, que supuestamente, les pertenecía. Los había asechado por una semana y en cuenta estuve segura de cuáles eran sus amistades, me acerqué a una que tenían en común para que les dijera a ambos que necesitaba hablar con ellos, los esperé impaciente en la entrada del resinto.

Ellos llegaron a mí con una cara de desconfianza que solo se incrementó en cuanto notaron la presencia del otro conmigo. Sin ceremonias ni explicaciones innecesarias, les dije que levantaran sus manos. El hilo los unió rápidamente, con brusquedad, lleno de necesidad. Me marché de allí sin decir nada más, ni hola ni adiós. No era mi intención aparentar ser misteriosa y menos, una hechicera, solo estaba enormemente confundida. Tiempo más tarde ellos dieron conmigo en la calle y me agradecieron con euforia, pues gracias a mi extraña aparición se habían conocido y descubierto que se amaban.

¿Extraño no?

Continué haciéndolo. Aún lo hago.
Después de todo, ese es mi trabajo.

A través de los años, he llegado a la conclusión de que puedo ver las conexiones  entre las personas, pero no cualquiera, percibo las eternas, las que traspasan la vida y la muerte. Tampoco las puedo ver cuando quiero, solo aparecen frente a mí cuando el lazo se suelta, por uno u otro motivo, me piden auxilio.
Al principio fue escalofriante, luego, reconfortante y finalmente, desesperante.

Raras veces encontraba los hilos rojos cortados por ahí, lo que me hacía pensar que la mayoría de la gente seguía unida a su alma destinada y eso me daba una absurda tranquilidad, una leve señal de que el mundo estaba bien.
Por otro lado, ayudar a la gente a encontrarse, a rencontrarse, era algo sumamente reparador, me gané fama de casamentera y muchas veces vino gente a mi casa a pedir consejo amoroso, pero no podía hacer nada por ellos, y en cuento comenzaba a explicarles mi trabajo, se largaban a reír y al otro día aparecía una columna en el diario tratándome de fraude. Las personas a las que había ayudado siempre salían en mi defensa.

Fue ese mismo conocimiento público el que me trajo problemas, y no solo en los medios. A veces los encuentros se producen en situaciones extremas, una persona casada que encuentra a su alma gemela, es un divorcio seguro, las esposas, novias, hijos mayores y familiares me lanzan cosas podridas y palabrotas en la calle cuando esto sucede, las comunidades religiosas me condenan la mayor parte del tiempo y en el peor de los casos, los ciudadanos evitan establecer algún contacto físico o visual conmigo por miedo a que se les pegue una maldición inventada e inexistente.

Yo lo veo como un don, es menos doloroso aceptarlo de esa manera, aunque sin duda me ha traído momentos amargos, como los que te mencioné anteriormente y otros peores, que no tienen que ver con mi persona sino con mis “clientes”, momentos de impotencia que surgen cuando llevo a alguien frente a una tumba, cuando el hilo tironea a un anciano con un bebé, en cuyo cuerpo reside ahora el alma de su difunta esposa o esposo, cuando los amores estan presos, cuando brillan desaparecidos, cuando residen en otro país.
Son situaciones como esas en las que quieres llorar, pero debes ser fuerte y abrazar a tu cliente, cuyo ser al reconocer al otro y saberlo lejano o imposible, se desmoronará frente a ti.
Veinte veces he presenciado un suicidio.

El pasatiempo irregular, terminó por convertirse en una actividad diaria, y últimamente, en un deber de veinticuatro horas. A penas sobrevivo con la pensión de mis difuntos padres, nunca tuve un trabajo estable.
“¿Qué le está pasando a la humanidad?” Solía preguntarme. A medida que transcurrían los años, más y más hilos cortados encontraba y nadie como yo aparecía para ayudarme… hasta ahora.

—Entonces…¿Por eso puedo ver estas cosas por la calle?-Me muestras el hilo que por casualidad te vi recoger en la avenida.
—Sí.
—Debe… debe ser muy difícil.
—Lo es-Reconozco
—Me refiero a… ya sabes, ¿cuándo encontrarás tú a tu persona destinada?—Preguntas con tristeza.
—No tengo idea—Reconozco riendo, pero duele, ya tengo noventa años.
Hubiera sido lindo. Conocerlo, al otro extremo de mi hilo rojo.
—¿No te preocupa?—Vuelves a preguntarme.
—Lo único que temo, es que yo estoy acá, tratando de restablecer los lazos de las personas de esta pequeña ciudad ¿Quién sabe cuántos se me han pasado, inadvertidos?
—¡Pero abuela, tú haces un buen trabajo! Gracias a ti nací yo—Me reprendes, claro que sí Nicolas, eres el fruto de la primera pareja a la que le devolví el hilo rojo, incluso me pidieron que fuera tu madrina ¿Cuántos ahijados tengo ya?
—Tienes razón pero, soy solo yo y solo en esta ciudad, ¿qué pasa con el resto del mundo?—Tu cara se desfigura frente a mis palabras-Cuando fui a la capital del norte a hacerme unos exámenes, las calles estaban tapizadas de rojo, y ya estoy muy vieja para viajar.
—No estás vieja.—Te quejas.
—Lo suficiente como para ver que nuestras calles también se están ensangrentando.
—No estés triste— Me consuelas—Ahora yo también te ayudaré.
—Te diré lo que sé, empecemos con lo práctico, ¿dónde tienes el hilo rojo?—Me animan tus palabras.
—Acá mismo.
—No lo veo Nicolás.
—¿No?—Agitas tu mano vacía frente a mi rostro, pero no puedo ver ese rojo sobrenatural al que ya me acostumbré.
—¿Qué nombres tiene?-Te pregunto con la voz temblorosa. Prestas atención al objeto que ahora, es invisible para mí, desde mi asiento en la pastelería veo hacia la calle, no están, hace un momento podía ver muchos de ellos, amontonándose y ahora…
—¡El tuyo!
Supongo. Que mi misión ya terminó.

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