martes, 26 de febrero de 2013

Fugaz

Derecha.
Izquierda.
Derecha. Izquierda.
Derecha. Izquierda. Derecha. Izquierda.
Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha-izquierda...El ritmo de sus caderas va aumentando a medida que gana confianza y seguridad, los pasos son más largos y ágiles, pero no lo suficiente para alejarse completamente de mí.

No, no puedes.

Quiero pasarla, me molesta ir tras la gente cuando hago un penoso intento de trote, pero la tipa empieza a correr en zig-zag con su amiga y es imposible, sucumbo a su ritmo, pero el único panorama que me queda entre las cejas es ella y el péndulo rubio que cuelga de su nuca. Por desgracia la música no me llena la visión, no en este siglo, no en este cuerpo, no a mí.

Derecha-izquierda es su ritmo, o eso me parece. Sus zapatillas son nuevas y tiene muchas curvas, curvas bonitas, la polera que lleva puesta es floreada y los colores canelas y soleados hacen juego con las flores plantadas en el lugar. Parece que algo en el zapato le molesta, también me da la impresión que su cabello quiere escapar: el péndulo de oro va cada vez más lento y más triste, va hacia a la izquierda y luego a la derecha, izquierda y luego, antes de  llegar a la derecha, muere, y con que muere me refiero a que la fina liga que estrangulaba su largo pelo se ha roto.

Ella se lleva las manos a la cabeza para comprobar lo sucedido—Mierda—Recibe una mirada reprobatoria de su acompañante. Me detengo un momento para buscar con la mirada el elástico roto en el suelo, pero no lo encuentro, voy a agacharme para tener mayor éxito pero tomo consciencia de mis acciones, decido volver a trotar, y en el momento en que mi pie derecho se mueve delante del izquierdo, ella sacude el manto negro con estrellas-flor que lleva sobre sus hombros y cae el pinche color azul eléctrico, como una gota de sudor.


Las paso, tengo sed en mi boca, música en mis oídos, la carretera en los ojos y en la mente, la mancha de nacimiento que vi cuando ella trataba de encontrar la liga rota entre sus ropas.

Vi esa mancha de café sobre el abrigo de su columna y eso me escandaliza: me hace sentir como un amante.

Miro hacia atrás, ella nuevamente está moviéndose: derecha-izquierda, derecha-izquierda, va más rápido, como si quisiera alcanzarme-aunque yo sé que no-y deseo que tropiece, para yo poderle ofrecer mi mano y que ella la rechace. 



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